Gorostiaga encuentra un placer oculto en no prender las luces de su casa y poder recorrerla en penumbras. Dice “sentir” la presencia de los objetos. “Es una cuestión energética”, explica seriamente, y luego se deshace en incoherencias en las cuales cruza razonamientos físicos con percepciones táctiles y receptores parapsicológicos. Lo cierto es que la oscuridad no es completa y Gorostiaga habita ambientes grandes y poco amoblados. Ya sabe que es más sencillo percibir la luz indirectamente, así que pierde la vista en la oscuridad y construye sillas ahí donde parece haber un haz de luz de la madera pulida, y un picaporte en aquél hilo dorado. Puede apoyar la yema del dedo índice sobre el botón de la luz en un movimiento certero. Pero no la enciende.
Ya en la cocina, Gorostiaga acerca cuidadosamente la mano abierta hasta el secador, camina con tres dedos sobre un vaso y lo apoya en la mesada. En el otro extremo de la mesada, en la casa vecina, sube una escalera que resulta, de este lado, en un rincón amorfo, ideal para almacenar botellas, sifones, desinfectantes y aerosoles. Por la ubicación interna de la cocina, este rincón es el único espacio completamente oscuro de la casa; de una oscuridad total y palpable. Llena el vaso con agua y no deja de observar el rincón. Piensa que la oscuridad es una variante del silencio, y que la oscuridad total es tan incómoda como el silencio total. Nada. No se ve nada. Con un sorbo tranquilo bebe el agua, cierra los ojos y suspira. Luego tantea la alacena bajo mesada y abre el cajón de los cubiertos. Toma la cuchilla y con un movimiento rápido la hunde en la oscuridad. Gorostiaga siente cómo el filo se entierra tiernamente en una carne. Se oye un suspiro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario